EPECUEN Y SUS LEYENDAS.
Texto del libro: Epecuén, Historias de sus años dorados. 1921-1956. Autor Gaston Partarrieu.
El diccionario aporta que la palabra, “Leyenda” posee dos significados: “Narración popular que cuenta un hecho real o fabuloso adornado con elementos fantásticos o maravillosos del folclore, que en su origen se transmite de forma oral”; Mientras que la segunda acepción: “Composición poética extensa que narra hechos legendarios”.
Las leyendas se han transformado en un muy usado recurso turístico para dar pintoresquismo a lugares, siendo una “necesidad” de todo destino. Nacidas muchas veces como una ofrenda literaria de poetas al lugar que brindó apreciadas sensaciones, con el tiempo pasan a conformar el acervo patrimonial inmaterial de la comunidad.
A partir de la aparición literaria, se comienza un lento trabajo de difusión que va llegando a distintos niveles. Así los docentes las introducen en los planes, programas y planificaciones de aula; el sector turístico las imprime en folletos, publicaciones y cuanto medio se utilice a los fines promocionales. Muchas veces los programas educativos ministeriales inducen a docentes y por ende a los alumnos a recabar información histórica de lugar y “sus leyendas” como si cada uno de nuestros pueblos, nacidos muchas veces de coyunturas económicas, fueran poseedores de ese legado mitológico.
Con el transcurso del tiempo la comunidad comienza a apropiarse de la creación literaria que lejos estaba, en la mente de sus creadores, de que pase al status de leyenda.
Desde los museos y bibliotecas también aportamos en esta confusión, brindando estos textos, muchas veces en nuevas versiones, dándole, finalmente una cierta legitimización.
Con el transcurrir del tiempo, esa simple creación se libera de su autor y se lanza a andar, colonizando diversos espacios virtuales y físicos como guías, libros, suvenires y hasta cajas de alfajores.
En la actualidad circulan dos “leyendas” que intentan dar un marco legendario a Epecuén y su entorno. Ambas tienen una idea distinta sobre el origen de Epecuén que es interesante aclarar y conocer su marco creacional:
EL AGUA MILAGROSA. LEYENDA SEGÚN SAMUEL BENCHETRIT (1929)
En los años primeros del pueblo de Epecuén, entre los visitantes ansiosos por “descubrir” la fuente natural y medicinal, llegó un escritor judío marroquí llamado Samuel J. Benchetrit. Encantado con el entorno, el paisaje y la laguna, pronto se convirtió en un asiduo visitante del entonces incipiente balneario. Su alojamiento predilecto fue el Hotel Las Delicias y allí, en sus habitaciones empapeladas con motivos florales, imaginó las primeras líneas de una novela de “amor y fatalidad”.
Había nacido en Tánger, ciudad del norte de Marruecos, ubicada en las proximidades del estrecho de Gibraltar. Esta ciudad, durante parte del siglo XX constituyó un protectorado internacional llamado Zona Internacional de Tánger, hasta la incorporación de la ciudad a Marruecos, con la independencia del país.
El joven Benchetrit, promediando los años veinte se radicó en Buenos Aires, luego de haber vivido en España, trabajando como periodista para varios medios, firmando sus notas como “Samtrit”.
Intrigado por conocer las maravillosas aguas de Epecuén, en 1927 llegó a Epecuén y tras varias reiteradas visitas, supo granjearse el reconocimiento de veraneantes y desarrollar una activa vida social y cultural en el grupúsculo de veraneantes asiduos de Epecuén. En 1930, el periódico local “El Pueblo” decía: “[…] Quizá, uno de los pocos y originales escritores que han dedicado con cariño y devoción a formar un ambiente propicio y cordial a las actividades sociales de nuestros balnearios […]” continuando: “[…] autor de la ya difundida y enjundiosa novela ‘La Leyenda de Epecuén’ cuya acción se desarrolla en la mayor parte, en nuestros balnearios y en la cual se destaca, la hermosa concepción imaginativa sobre el origen del Lago Epecuén”.
La novela se publicó en 1929 por la Editorial El Diario Español de Buenos Aires, teniendo como prologuista a Consuelo Berges, poeta española exiliada entonces y residiendo en nuestro país, al parecer del circulo literario y de amistad de “Samtrit”.
Sin más referencias, en febrero de 1932 es noticia nuevamente en la prensa local, al efectuársele un homenaje “[…] al malogrado escritor marroquí […]” efectuándose en el Hotel Las Delicias “[…] una parodia de esta hermosa leyenda, en la que tomaran parte la bella india Epecuén, encarnada en una gentil veraneante, y el joven guerrero Carhué, precedidos por su tribu.[…].
¿Cual habrá sido el final de Samuel J. Benchetrit? Habrá sido de amor y fatalidad, como la tapa de su libro?. Lamentablemente no hemos hallado información de cuándo ni cómo fue el final de sus días, pero los indicios apuntan que fue entre los años 1930-1932 y de manera trágica, quizá alguna clase de accidente.
CREADOR DEL CERTAMEN LA REINA DE EPECUÉN
Muchos años después, Benchetrit continuaba siendo reconocido y recordado por la gente de Epecuén. Una de sus ideas había sido cresar un certamen de belleza y elección de la “Reina de Epecuén”. El certamen había nacido en 1928 en el “Hotel Las Delicias” con la finalidad de coronar a la “[…] niña que simpatiza la gracia y la belleza de la mujer argentina”.
Lo que surgió como una idea de “entretenimiento” estival en donde se invitaba a participar a todas las señoritas seleccionadas de los hoteles de la costa y de Carhué, para que un “jurado” ratifique cual era la más “bella” de todas, pronto se convirtió en un evento tradicional. En 1942 el señor Carlos A. Postiglione, “Presidente de la Comisión de Veraneantes” recordaba esos inicios: “Hace ya 14 años que la dirección de este hotel ha implantado esta fiesta, que fue sugerida por el espíritu noble y romántico, me refiero a Samuel J. Benchetrit, el malogrado autor de ‘La Leyenda de Epecuén’, y para quien el que habla en este momento tiene un emocionante recuerdo[…]
LA LEYENDA
En el capítulo XXXIII del libro de Benchetrit se publicó por primera vez su “leyenda”: "Epecuén se llamaba la hermosa india, hija del jefe de la tribu. Epecuén, la de los ojos azules y carnes cetrinas, que parecían de aurora, de luna y de miel. Sus pupilas estaban rodeadas por tonos azules, tan azules, límpidas y luminosas que muchas veces pensaron los jóvenes guerreros si tendrían ese color de tanto mirar los cielos o si estos eran azules de tanto mirar esos ojos.
Epecuén, flor hermosa de esas inmensas llanuras, verdeantes en las primaveras y de bronce pajizo en los días estivales.
Los caballos inquietos se arremolinan en torno de la hoguera que en los campamentos dan la ilusión perfecta de estrellas caídas por equivocación en una tierra que por su inmensidad dilatada, es bajo la noche, Imagen de otro cielo. A la entrada de la carpa del jefe, se apiñan los caciques para un conciliábulo. Es angustia la serenidad de la noche pampeana.
¿Qué fraguaron en su secreto deliberar los viejos caciques de mirar selvático, de movimientos felinos como los jaguareté y de los cabellos ondeantes y renegridos como plumas de biguáes?. Pronto se supo y la noticia cundió como un grito jubiloso de victoria entre todos los mancebos de la tribu que se movían de amor por Epecuén, la dulce india, de ojos azulosos de turquesa y labios rojos como la flor del ceibo.
El guerrero que en las próximas peleas demostrara más valor y acopiara mayor botín, sería elegido dueño de la sin par doncella y todos, al ser notificados, murmuraron sordamente y avanzaron el puño nervioso hacia las lanzas, dispuestos a probar en el acto su gallardía.
Y ese día llegó y las tribus rivales huyeron acobardadas ante el empuje de un solo hombre, agitado por el fervor amoroso, con mil garras, avasallador como el torrente y tajante como la flecha que hiende el vacío. Carhué, el joven, guerrero ungido en la lucha bravía, para unirse a divina Epecuén, la rosa agreste de la pampa, la de los ojos espolvoreados de brillos azules y labios cordiales y la de tez cobriza, como la tarde que se esconde en las madrigueras terrosas.
Ella se sintió deslumbrada. La arrogancia del hombre, su fuerza y valentía, escarbaron en su alma y depositaron el germen sagrado del amor. El bizarro Carhué la sedujo, y con el fuego de su corazón encendió el fuego de la pasión femenina, con llamas extrañas. Se amaron se adoraron, se idolatraron.
Pero pocos días antes del casamiento, una circunstancia inesperada, vino a truncar las ilusiones. La piqueta de la desgracia empezó su labor demoledora, la espina de la fatalidad desgarró sus ardorosos corazones. El hermoso Carhué se moría, presa de una extraña enfermedad que redujo su organismo a una inmovilidad absoluta, como un pedazo de carne sin voluntad, impotente.
Ella, la inefable Epecuén, percatada de su infortunio, lanzose cierta noche a campo traviesa hasta caer desfallecida, acariciada por los rayos de la luna que se conmovía en las alturas. Lloró, lloró mucho, las lágrimas corrieron por sus mejillas que nadie besara, como un hilillo al caer, como un brillo de fuego fatuo en la noche de sus pupilas.
Siguió llorando, las lágrimas fluyeron abundantes, tan abundantes que poco a poco semejaron un delgado manantial, que bajaba fugaz, cristálido, en su llanto inacabable. La nocturnidad la acobijaba, con leve ademán de madre, en el centello de las estrellas y las diáfanas tinieblas.
Y al fin de Epecuén, no quedó nada. Sólo una pequeña laguna de lágrimas acerbas. El dolor había convertido a Epecuén en esa cuenca de ternura acuosa, que podía ser su alma lágrimas, nada más que lágrimas.
Enterado Carhué de la desaparición de su amada, pidió a gritos que se lo condujera por los verdes prados para buscarla. Accedieron a ello. La placidez pampeana se alteró al paso de esa angarilla donde yacía el paralítico que iba en pos de su bienamada. Vana búsqueda. Después de largo peregrinar, se detuvieron junto a una misteriosa laguna de linfas claras.
Carhué creyó percibir una voz dulcísima que lo llamaba. Se emocionó, ordenó que le ayudaran a entrar en la laguna. Sus ojos alucinados creyeron ver vagas sobre la superficie una figura etérea, como un águila dorada, los brazos alados en cruz. El rostro era de Epecuén. Penetró en las tibias aguas sin poderse mover, transfigurando de ansias y de esperanzas. El milagro fue inmediato. Carhué salió de la laguna, sano, vigoroso, ágil.
¡Bendito seas poder del amor, emanación divinal. El amor había creado sobre el corazón destrozado de una virgen, esa laguna maravillosa para bien de los dolientes.
Y desde entonces, en las noches serenas, el susurro del lago es cual un bisbiseo de almas enamoradas. Como el Éufrates y el Tigris, que la vieja hermenéutica de los hindúes y persas santifica.
Epecuén está bendito por el sacrificio, y prodigio suyo es el milagro de curar todos los dolores, porque el sacrificio nos acerca Dios"...
LA INFIDELIDAD DE EPECUÉN. Leyenda Según Carlos A. Grau (1937).
El autor de esta otra leyenda fue un químico de destacada labor a nivel nacional y latinoamericano, bromatólogo y creador del Código Alimentario Nacional.
Carlos Alberto Grau nació en 1893 en Tres Arroyos, recibiéndose en la Facultad de Química y Farmacia de La Plata como Farmacéutico (1915) y posteriormente en 1917de Doctor en Química y Farmacia. Ejerce como docente alejándose luego para dedicarse a la conducción de la Dir. de Química de la Pcia de Buenos Aires entre 1918 y 1956. Desarrolla entonces el Reglamento Bromatológico de la Pcia de B.Aires, el que es aprobado el 20 de junio de 1928 y que servirá como basamento y modelo El Reglamento Alimentario de la Nación de 1953.
Tuvo también intereses literarios que lo llevaron, a lo largo de su vida, a desarrollar labores periodísticas y de investigación histórica. Como periodista, tuvo columnas en El Día y La Nación. Aficionado a los temas históricos, publicó varios libros, como por ejemplo: "El Fuerte 25 de Mayo en Cruz de Guerra" (1949); "La Sanidad en las Ciudades y Pueblos de la Provincia de Buenos Aires"(1954) y "Datos de la Historia de Berazategui".
Entre 1922 y 1936, por razones laborales, visitó varias veces Epecuén lo que se tradujo en distintas publicaciones científicas: “Hay Radio en la Laguna Epecuén?” 1922. Bs. As. Anales del Instituto Científico de Radium. I, Nº 4. ; “Carhué. El Lago Epecuén” 1934. Bs. As. Balnearios Argentinos. VII.
En 1936 conformó la comitiva del Gobernador Manuel Fresco quien en visita anunció grandes obras para Epecuén, incluidas varias para paliar la bajante de la laguna. En virtud a esas últimas visitas, en 1937 se publicó el libro “Aguas Minerales de la República Argentina” en cuyo Volumen II, aparece la Leyenda de Epecuén, de autoría del químico Grau.
EL LLANTO DE TRIPANTU
El Ministerio del Interior a través de la Comisión Nacional de Climatología y Aguas Minerales, publicó en 1937 el volumen II de las Aguas Minerales de la República Argentina, dedicado exclusivamente a la Provincia de Buenos Aires, participando los más selectos investigadores de la provincia. En sus páginas éstos se dedican a describir profunda y extensamente las propiedades, usos terapéuticos de las distintas aguas de la provincia.
En este volumen, publican un anexo sobre Epecuén en donde detallan los servicios existentes como balneario, la historia del lugar y se publicó, por primera vez, la leyenda del Dr. Carlos A. Grau.
“Mucho antes de la conquista, en la margen de un torrentoso río andino después de un gran incendio de bosque, fue encontrado un niño por una tribu de indios leubuches que merodeaban por la zona. Lo recogieron y se lo llevaron al cacique llamado PICHACHEN (Soy Hombre Grande), quien lo adoptó y le dio el nombre de EPECUÉN (Casi Asado).
PICHACHEN tenía su paradero en HUICHIN, sobre la margen Izquierda del CURI-LEUVU (Río Negro), a poca distancia de la confluencia del NEUVUN (Neuquén) con el Límay; allí creció EPECUÉN, distinguiéndose pronto por su gallardía, su destreza en el manejo de la lanza y su resistencia para la marcha.
En cierta ocasión PICHACHEN Invade con su gente la región de MAMULMAPU (Pampa Central), habitada por los Puelches (gente del este) y llega victorioso hasta la región de CARAHUE-MAPU. EPECUÉN se apodera de la hija del cacique pampa LANCOVUTA (Cabeza Grande) llamada TRIPANTU (Primavera Aurora) de la que se enamora, siendo correspondido. Transcurre así una luna entera de Inefable dicha. Más, pronto se cansa EPECUÉN de ella y reparte su amor con otras cautivas que alternativamente son objeto de su preferencia. Entre tanto, LANCOVUTA, que había escapado cuando la suerte del combate se presentó adversa para los suyos, reclutaba gente entre las tribus amigas.
Al principio TRIPANTU dudaba fuera cierta la Infidelidad de EPECUÉN pero cuando una noche de luna se convenció de ello con sus propios ojos se puso a llorar y lloró tanto que con sus lágrimas se formó un gran lago salado que ahogó a Epecuén con sus favoritas y secuaces.
Cuando LANCOVUTA regresó con sus refuerzos, donde antes era pampa ondulada, no encontró más que un inmenso mar en cuyas orillas vagaba, perdida de razón, su hija TRIPANTU.
Una noche de luna se oyeron voces que parecían salir del lago, algo así como un llamado de EPECUÉN a TRIPANTU. A la mañana siguiente no la encontraron.
Desde entonces el lago se llamó EPECUÉN y fue considerado sagrado por las tribus Indias de la zona, sirviendo a la vez de límite entre las tierras ocupadas por los puelches o pampas, los ranqueles y los puehuelches.
Y cuentan los viejos moradores del lugar, que en ciertas noches de plenilunio, cuando las aguas tranquilas del lago reflejan la luz de la luna como si fuese un inmenso espejo de plata, es dable escuchar las voces de amor de EPECUÉN y TRIPANTU que rememoran la dicha Inefable del primer encuentro.




