EL CEMENTERIO DE CARHUE. (1897-1986)
Ponencia presentada en Congreso De cementerios Patrimoniales. Lujan. 2010. Autores: Antropóloga Marta Roa y Lic. Gaston Partarrieu.
Este tercer cementerio que tuvo Carhué, fue habilitado en el año 1897 y se ubicaba a más de veinte cuadras de la Plaza, en una quinta, por fuera del camino de circunvalación y del amanzanamiento del ejido. Respondía a las características que hoy aún pueden apreciarse en los de la mayoría de las poblaciones de la época. Eran como una ciudad para los muertos, con edificios importantes, barrios más modestos, calles y bulevares.
Se accedía por un gran portón a una calle ancha que permitía el ingreso de los carruajes de las pompas fúnebres que antaño eran tirados por caballos. A los lados de este bulevar las familias adineradas erigían suntuosos mausoleos, especies de moradas para que la familia estuviera reunida en la eternidad. Los menos pudientes depositaban los cuerpos de sus muertos en nichos o los sepultaban en tierra.
Una crónica de 1910 dice de la obra del intendente Tomás G. Ríos: “En la necrópolis, hizo levantar las paredes a fin de evitar espectáculos emocionantes a la vista del público; colocación de verjas de hierro en su contorno, sobrepuestas a las paredes levantadas, cosa que ha la vez de proporcionar estética quedan a la vista los panteones que existen y entre otras mejoras de capital importancia, el arreglo perfecto de un camino que conduce desde el pueblo a ese paraje.” (Album del Centenario, 1910)
Del análisis de los registros de cementerio que abarcan los años 1915 hasta 1942 inclusive, surge que las personas sepultadas en panteones corresponden al 7%. Los nichos parecen no haber sido muy populares durante ese período, ya que corresponden a menos del 6% de los casos. Las inhumaciones en las bóvedas de veinticinco familias, que comienzan a parecer en 1942, alcanzan otro 7% del total. Entre los años mencionados, en este cementerio fueron sepultadas más de cuatro mil personas, entre pobladores de Carhué y de la vecina localidad de San Miguel (4 %).
Para 1955 Carhué había triplicado su población (Partarrieu, 2006:30-31) desde que en la década del veinte se habilitaran los dos cuerpos de nichos mencionados antes, de manera que la capacidad del cementerio estaba casi colmada. En un editorial del semanario “El Pueblo” de aquel año (No 1217), se reclamaba la ampliación del predio en una o dos manzanas, dado que la situación resultaba “todo un problema para los deudos”. En respuesta, el municipio resuelve otorgar treinta días para que los deudos del Tablón 1º Sección 9º regularizaran sus arrendamientos que se encontraban vencidos desde los años 1939 y 1940. De no cumplirse con el pago de la deuda, los restos serían trasladados al Osario General. En la misma Resolución (No 3920/55) se establecía que este espacio se destinaría a la construcción de nichos, panteones o bóvedas.
Sin embargo, o no se construyeron en ese momento o no fueron suficientes, dado que en 1957 se adjudicó la construcción de otros ciento dos nichos, al empresario local Julio Teodori (“El Pueblo”, 1957).
Por una nota aparecida en el número 1575 del semanario “El Pueblo”, sabemos que se realizaron importantes mejoras durante el año 1963. Entre ellas, colocación de canillas distribuidas por todo el predio, reparación de los baños y de la calle central, refacción de la fachada en toda su extensión, y colocación de baldosas en las veredas de la entrada al cementerio. Así, durante casi noventa años esta necrópolis fue acogiendo a los difuntos de la localidad, los que se estima habían llegado a unos siete mil cuerpos cuando se dejó de usar.
Hacia 1985 el tercer cementerio estaba rodeado por las aguas del lago Epecuén. Roberto Laspiur (2005:51) nos relata de manera cruda y por momentos surrealista como se vivieron esos instantes. El 10 de noviembre de ese año la defensa de Epecuén había sucumbido y el agua había ingresado al pueblo, debiéndose evacuar en su totalidad. Para el 17 de noviembre ya se discutía si las aguas del lago, que crecían día a día, llegarían hasta el cementerio. Un comunicado de la Comisiónde Defensa Civil informaba que se estaban reforzando las defensas del cementerio pero que, no obstante, los familiares podían retirar a sus muertos tan pronto como se reparara el camino de acceso.
Aunque los ingenieros de las Fuerzas Vivas1 vaticinaron que el cementerio quedaría totalmente bajo varios metros de agua, Laspiur cuenta del descreimiento de los pobladores de Carhué “No podíamos comprender cómo la marca, que habían pintado los ingenieros un metro más arriba de los portones de entrada al cementerio, podría cubrirse con el agua. Parecía imposible” (Laspiur, 2005:115)
Pese a las advertencias el cementerio recién comenzó a ser evacuado en el mes de diciembre, cuando ya la única manera de llegar hasta él era por agua. Nace entonces un nuevo oficio, el de los extractores de féretros, quienes infringiendo la ley los retiraban del cementerio a pedido de los deudos. Los ataúdes cruzaban el pueblo en todo tipo de vehículos –camiones, camionetas, carros-, eran depositados en galpones, campos, camiones o inclusive en casas hasta encontrarles lugar en algún cementerio de la zona. Esta no era tarea fácil, ya que las necrópolis de los pueblos vecinos como Puán y Pigüé estaban colapsadas por los muertos de Carhué. En el caso particular de uno de los autores de este trabajo (GP), sus familiares fueron depositados en el cementerio de Pigüé hasta ser “repatriados” más de un año después.
El cuarto cementerio (1986-actualidad)
El cementerio actual nació en la emergencia mientras se evacuaba el anterior, bien lejos de la laguna, a doce kilómetros del agua y a nueve de la plaza (plano Carhué, referencia 4). En diciembre de 1985 las Direcciones de Planeamiento Municipal y Provincial determinaron su nuevo emplazamiento: un predio de 200 metrosde frente por 300 de fondo ubicado en el vértice norte de la Chacradel Ministerio de Asuntos Agrarios (plano) que cedió el espacio (El Fortín, 1985). Durante el año 1986 comenzaron las tareas para construir nichos (El Pueblo, 1986) mientras las primeras inhumaciones se efectuaban en tierra. Más adelante se verificaron obras complementarias como los baños y al fondo de la entrada principal el osario coronado por la escultura de un ángel. Este cementerio es muy diferente a los antiguos, es más un Jardín de Paz que un tradicional cementerio de antaño. No se trata de un cementerio donde la gente construye lo que quiere en el lugar asignado. Fue una construcción de emergencia, había que hacer algo rápido, tener un lugar donde reubicar los restos retirados del cementerio inundado. Los cuerpos rescatados por los buzos fueron depositados en tierra. Hay una gran cantidad de NN. En él no existan ya las bóvedas, solo nichos y sepulturas. Ya nunca mas las familias son reunidas en un solo espacio, ahora cada familiar es sepultado en el sitio que le es asignado. La única posibilidad es la cremación y el depósito en urnas en donde si es permitido reunir, padres con hijos, esposas con esposos.
Del olvido al recuerdo y vuelta
Carhué parece olvidar sus cementerios, y con ellos a sus muertos. Sólo la casualidad permitió conocer la existencia de un cementerio de la Comandancia, cuando los soldados de Levalle, los obreros que cavaban la zanja de Alsina y las familias de todos vivían y morían en la frontera interior. Una vez fundado el pueblo de Carhué, en noviembre de 1877, esta primera necrópolis quedó situada a sólo dos cuadras de la plaza principal a cuyo alrededor se trasladaron los cuarteles, se inauguró la primera comisaría y la primera escuela, y se instalaron múltiples comercios. No sabemos si siguió habilitado, pero sí sabemos que permaneció olvidado. No tuvo monumentos funerarios, las inhumaciones eran todas en tierra, fue fácil que lo cubriera la arena y el olvido. Y podría permanecer en el olvido si la tendencia actual se mantiene. En el año 1984 se promulgó una ordenanza municipal que creaba en el dicho predio la “Plaza del Soldado Desconocido de las Campañas al Desierto”; y en 1991 existió un proyecto de ley para erigir un monumento. Sin embargo, el mismo organismo municipal construyó en esa manzana la Casadel Niño, un Jardín de Infantes y la Casade la Cultura. Restabaun pequeño espacio, donde hasta hace pocos meses estuvo el “Museo de Herramientas Rurales, Usos y Costumbres de la Ciudady del Agro”. Hoy, septiembre de 2009, está finalizando la construcción de un anfiteatro como culminación del proyecto “Casa de la Cultura”. Llevará el nombre “General Belgrano” en homenaje al Fuerte Comandancia que dio origen a Carhué y solo eso hará recordar al cementerio que yace debajo. Los vivos se instalaron sobre el que fuera el predio de los muertos, aunque ellos no lo han abandonado, siguen allí.
Sabemos que del segundo cementerio (1884-1897) hubo una retirada ordenada, que los difuntos fueron trasladados al nuevo cementerio habilitado en 1897, inclusive aquellos no reclamados por sus deudos. La manzana donde estuvo ubicado quedó bajo las aguas del lago Epecuén en 1985. Cuatro años después era uno de los sectores de donde se habían retirado las aguas dejando una especie de isla, por lo que se aprovechó para crear un balneario.
El tercer cementerio tuvo un destino conmovedor para los carhuenses. Un drama que aún sigue latente. Primero el caos, cuando algunos alcanzaron a retirar sus muertos para trasladarlos adonde pudieran. Al año siguiente, ya inaugurado el cementerio actual, el municipio se hizo cargo de la situación. Una empresa relacionada con la extracción de sulfato en la laguna Epecuén, dispuso de seis buzos y una barcaza que se utilizaba para extraer sal. Durante seis meses se ocuparon de romper nichos y bóvedas debajo del agua para retirar lo cuerpos. Estos eran numerados según su ubicación y llevados al nuevo cementerio. La tarea finalizó en diciembre, cuando se habían trasladado 2391 féretros (El Pueblo, III Era, No 21), los sepultados en tierra quedaron en el lugar.
Desde entonces la tragedia y el destino de este cementerio siguen siendo tema recurrente para los pobladores de Carhué. En julio de 1995 los bomberos municipales retiraron la escultura que coronaba la cúpula de la bóveda de la familia Robilotte –una de las más importantes-; se trata de la representación de un ángel que fue donado al Cuartel de Bomberos y hoy se halla emplazado en el patio de su predio (Nueva Era, 1997). En 1997 la Comisiónde Turismo pone en el tapete el tema de los árboles secos en la playa, el Cristo y por supuesto el Cementerio. La prensa refleja las propuestas encontradas: conservación vs. demolición. El asunto llegó hasta los bloques mayoritarios del HCD, que se expidieron a favor de solucionar el tema eliminando por lo menos las cúpulas de las bóvedas al ras del agua. La palabra más utilizada para definir el especto de la costa balnearia de Carhué era “tétrico” englobando en ello a los árboles, al Cristo y lógicamente al cementerio. Durante el segundo semestre de ese año una encuesta para la que se entrevistaron a 1662 personas dio como resultado que más del 55% era favorable a la eliminación del cementerio, los árboles secos y retirar el cristo que durante casi sesenta y cinco años había marcado el camino a la ciudad de los muertos y a Epecuen (Partarrieu, 2007b:2). Sin embargo, a los pocos días, los partidarios del “no” elevaron una nota al HCD con más de 1200 firmas, hecho inédito en la historia democrática carhuense. La opción elegida fue no tomar ninguna decisión. Todo quedó como estaba. Una interesante peculiaridad de las entrevistas mencionadas antes, es la disparidad de opiniones entre los jóvenes y los “mayores”. Mientras los alumnos de las escuelas secundarias proponían conservar las ruinas del cementerio para las futuras generaciones, las personas de más de cincuenta años votaron mayoritariamente por culminar con la destrucción iniciada por las aguas.
Al año siguiente, en junio de 1998, una propuesta del Poder Ejecutivo intenta conciliar posturas: construir un terraplén, retirar el agua con bombas y limpiar los escombros, para luego cubrir los restos con tierra, y erigir un Jardín de Paz (NE, No 499, 1998).
En el número 546 del mismo semanario (NE, 1999) un editorial discute las alternativas para el cementerio: demolición o tratamiento? Si seguimos revisando los semanarios carhuenses de los años siguientes, vemos que la cuestión cementerio siguió concitando el interés de la población que polemizaba (y sigue haciéndolo) sobre el futuro del mismo. Sin embargo, más allá de encuestas, cartas de lectores y solicitadas, en noviembre de 2002 las autoridades municipales comenzaron a demoler lo visible del cementerio, hecho que se repite durante la bajante del 2005; aunque en este caso no hubo prensa y casi ningún carhuense se enteró de que la piqueta estaba destruyendo otra vez su pasado. Ni los árboles secos ni el cristo del camino fueron tocados, y hoy ya no se piensa que den feo aspecto, sino que son parte de su patrimonio, un distintivo que forma parte del paisaje y de la tragedia que sepultó un cementerio y la vecina villa Epecuén.
Desde entonces la comunidad pareció haber olvidado la ciudad hundida de sus muertos, como si hubiera desaparecido, hasta que las bajantes del 2007 les obligó a percatarse de que mes a mes queda más al descubierto de ese sitio ya histórico. El poder ejecutivo rescata entonces la propuesta de realizar en el predio un Parque de la Paz.Enpalabras del intendente local “el proyecto consistiría en cubrir el cementerio con tierra negra, sin sacar nada, y luego darle forma de parque, con flores y plantas, mencionando que en el lugar se encuentra el antiguo cementerio” (Cambio 2000, 19-4-2006). Hay quienes se preguntan cuanta tierra sería necesaria para cubrir estructuras de más de dos metros como las que aún permanecen en pié (Partarrieu, 2008).
Hoy el lago Epecuén sigue bajando y todo el cementerio ha surgido de entre las aguas. Se realizaron tareas de limpieza de los escombros en algunas calles y la población visita a sus muertos como en el pasado. Pero es realmente cómo en el pasado? Los mas observadores aún pueden ver entre los escombros restos humanos que dejaron caer los buzos durante las tareas de rescate del año 1986; las bóvedas son en su mayoría escombros, los nichos están casi todos destruidos, las cruces y otros ornamentos de las sepulturas en tierra dañados por la acción del agua salada durante casi veinticinco años. Aún así los carhueneses visitan las tumbas de sus muertos, reescriben sus nombres en las lápidas, juntan los pedazos dispersos, depositan flores y otras ofrendas, pero la polémica sobre que hacer con el cementerio no ha terminado.
Una nueva propuesta es conservar “las ruinas de las ruinas”, dejar los árboles caídos y los escombros de las demoliciones; mostrar como una comunidad cambia, crece, aprende de sus errores; que no por que haya perdido una parte de su patrimonio arquitectónico debería perder toda la otra historia, la trágica y la épica, la de un pueblo que perdió a sus muertos con el agua y que pretende resurgir con el agua. Que sean las generaciones venideras las que, con otras visiones puedan conservarlo, restaurarlo, demolerlo o taparlo. Pero para que puedan hacerlo, hay que darles la oportunidad.
Desde que la poca profundidad en las inmediaciones del Cementerio lo permitió, inescrupulosos comenzaron a ingresar al predio, iniciando una etapa que hizo recordar a la vivida con Epecuén durante 1986, la de los saqueos y destrozos. Millares de placas de bronce que existían aún en las bóvedas, nichos y sepulturas del inundado panteón fueron el botín de éstos y de otros tantos curiosos. En muchos casos fueron recuperadas por la policía en allanamientos, pero cientos desaparecieron para siempre. Otro de los problemas suscitados fue el de los jóvenes que durante el verano de 2009 ingresaban a llevarse recuerdos, sacarse fotos de un morbo increíble que llegaron a mucha gente en el pueblo, haciendo que las autoridades deban colocar personal en la orilla de la laguna para impedir esto.
Finalizando el verano, en marzo de ese mismo año ya las autoridades habían podido llegar hasta el mismo y habían comenzado la limpieza, en primer lugar de restos humanos, restos de féretros etc.
En un primer momento estaba prohibido el ingreso de visitantes, pero muchos deseaban reencontrarse con sus deudos sin entender muchas razones, surgiendo asi varios inconvenientes tanto con el personal que cumplía las tareas de seguridad como con las autoridades municipales, por ello se tomo la medida de que solo ingresarían aquellos que acudieran a la Oficinade Cementerio en el Palacio Municipal y constate que realmente poseía familiares allí. Esta medida fue también bastante discutida y genero los mismos problemas que anteriormente pero evito en parte que el problema sea mayor.
El miedo de la comunidad en general era el mismo que desde siempre con el cementerio inundado. Nadie deseaba que fotos lleguen a los medios de prensa y que todo lo cimentado desde muchos años, todo lo construido turísticamente sea arrojado por la borda por tan solo unas fotos.
Ya en Semana Santa ante la cantidad de gente que se acercó a Carhué y en especial al Cementerio a reubicar sus deudos, se tomo la decisión de efectuar la apertura definitiva al público para no generar mayores inconvenientes, siempre bajo la mirada de guardias desde las primeras horas hasta el atardecer.
Una de las maneras de “control” fue hacer firmar una planilla con los nombres, documento de cada visitante.
Sin embargo lo que a todos nos parecía una tragedia mas, es decir que el cementerio esté a la vista y visita de todos, pasó, se solucionó y hoy nadie habla ya de demolición, solo de conservación y con un lamento enorme por haber permitido su destrucción.
Quedan ahora tareas pendientes como por ejemplo, un cercado de toda su circunferencia, el reconocimiento de miles de sepulturas que ya no tienen ni herederos, la declaratoria de Sitio Histórico. Y los mas complejo, si permitir o no la exhumación de los cuerpos de aquellos familiares que lo deseen.
Todo llegará porque se ha tomado conciencia definitiva que el Cementerio nos cuenta nuestra trágica historia.
Fuentes citadas.
Álbum del Centenario, Carhué, 1910. Acervo documental del Museo Regional “Adolfo Alsina”
Album Radical , 1924. Intendencias de Erize, Altube, Rosso y Razquin.
Cambio 2000. Semanario On-Line, 19 de Abril de 2006.
El Eco de Carhué, Semanario. Nro. 38, Año 1899.
El Fortín. Semanario. Nro. 59, Año 1985.
El Pueblo. Semanario Nros.: 1217, 1955; 1919, 1955; 1276, 1957; 1575, 1963.
El Pueblo III Era. Semanario, Nro 7, 1986; Nro 21, 1986; Nro 88, 1988
Nueva Era. Semanario Regional. Años 1997, 1998
Bibliografía
Laspiur, Roberto (2005) Cien días en la inundación de Epecuén. Editorial Dunken.
Partarrieu, Gastón (2006) El distrito de Adolfo Alsina. Museos del Desierto. Publicación de los Museos de Guaminí y Carhué, No 2
Partarrieu, Gastón (2007ª) La ciudad de los muertos. Los cementerios de Carhué. Museos del Desierto. Publicación de los Museos de Guaminí y Carhué, No 4
Partarrieu, Gastón (2007b) El Cristo del Médano. Museos del Desierto. Publicación de los Museos de Guaminí y Carhué, No 4
Partarruieu, Gastón (2008) El cementerio inundado. Consideraciones sobre el patrimonio. Informe al HCD de Adolfo Alsina.
Pérez Moroni, Mercedes y María Elena Gonaldi (1981) Informe arqueológico. Hallazgo de restos humanos en Carhué. Archivo del Museo Regional “Dr. Adolfo Alsina”, Carhué.
Rizzo, Antonia (2006) Expresiones funerarias de la comunidad irlandesa en el cementerio de Monte, provincia de Buenos Aires, Argentina. VII Encuentro iberoamericano de valoración y gestión de cementerios patrimoniales y III Jornadas Nacionales. Buenos Aires
1 Las Fuerza Vivas fue una agrupación de jóvenes y no tanto, especialmente estudiantes y profesionales, que en noviembre de 1985, ante la inacción del gobierno para dar una solución -ya que ni las propias autoridades de hidráulica sabían que hacer- se agruparon para investigar y apoyar a quien tuviera propuestas para salvar a Carhué. Tuvieron cruces muy duros con las autoridades y en 100 días se disolvieron. De su seno nacería el Ateneo Florentino Ameghino que aún hoy existe, aunque bajo otra forma, ya no como una fuerza de choque, sino de investigación y entendimiento del fenómeno. Roberto Laspiur, autor del libro “100 días en la inundación de Epecuén” fue uno de los impulsores de las Fuerzas Vivas.






